Las cinco

El primero en llegar enciende el horno. La masa que quedó fermentando toda la noche empieza a despertar. Fuera todavía está oscuro.

Las seis

El pan entra al horno. El olor — ese olor a ensaimadas que todo el mundo conoce pero nadie sabe describir — empieza a llenar la calle. Aún no hay nadie que lo huela.

Las siete

Empieza la pastelería. Las ensaimadas, formadas el día anterior para cocer cada mañana. Las manos forman panecillos, cocas, formatjades, una a una.

Las ocho

Se abre. Los primeros clientes son siempre los mismos: gente del pueblo que viene por el pan o la merienda de cada día, con la cesta. Sin prisa.

Las nueve

Llegan los turistas. El horno lleva ya cuatro horas trabajando. Lo que ellos ven — las bandejas llenas, la ensaimada recién salida, la coca cortada — es sólo la punta visible de una mañana que empezó antes de que su hotel sirviera la primera taza de café.